Mujeres en la economía informal: trabajo invisible
Millones de mujeres sostienen la economía mexicana desde la informalidad, enfrentando precariedades que las políticas públicas apenas comienzan a visibilizar.

13 de enero de 2026

La economía informal mexicana tiene rostro de mujer. Millones de trabajadoras sostienen sus hogares y contribuyen a la economía nacional desde espacios invisibles a las estadísticas oficiales y desprotegidos por la legislación laboral. Su trabajo es esencial pero raramente reconocido.
El perfil de la informalidad femenina
Las mujeres participan en la economía informal de maneras diversas. Vendedoras en mercados y tianguis, trabajadoras del hogar, cuidadoras de niños y adultos mayores, costureras a domicilio, productoras de alimentos, comerciantes ambulantes. Las actividades varían según la región, el contexto urbano o rural, y las habilidades disponibles.
Lo que comparten estas trabajadoras es la ausencia de contrato laboral, de seguridad social, de prestaciones y de estabilidad. Sus ingresos son variables e inciertos. No tienen acceso a licencias de maternidad, a servicios de salud vinculados al empleo ni a ahorro para el retiro.
Por qué las mujeres en la informalidad
La inserción de las mujeres en la economía informal responde a factores estructurales. La distribución desigual del trabajo de cuidado es determinante. Las mujeres siguen cargando desproporcionadamente con las responsabilidades de cuidar a hijos, adultos mayores y personas enfermas. Esto limita su disponibilidad para empleos formales con horarios rígidos.
La economía informal ofrece flexibilidad. Permite trabajar desde casa, ajustar horarios según las necesidades familiares y combinar actividades productivas con reproductivas. Esta flexibilidad, sin embargo, se paga con precariedad.
Las barreras educativas también influyen. Aunque la brecha educativa de género se ha reducido, muchas mujeres adultas carecen de las credenciales que el mercado laboral formal demanda. Sin opciones en el sector estructurado, la informalidad se convierte en la única alternativa.
Trabajo del hogar remunerado
El trabajo del hogar remunerado es una de las ocupaciones informales más importantes para las mujeres mexicanas. Millones de trabajadoras se emplean en casas particulares, realizando labores de limpieza, cocina, lavado y, frecuentemente, cuidado de niños y adultos mayores.
Históricamente, este sector operó en completa informalidad. Reformas recientes han buscado cambiar esto. Un programa piloto del IMSS permite a los empleadores inscribir a trabajadoras del hogar en la seguridad social. La ratificación del Convenio 189 de la OIT comprometió a México a garantizar derechos laborales a este sector.
Sin embargo, la implementación enfrenta obstáculos. Muchos empleadores desconocen sus obligaciones o prefieren evitarlas. Muchas trabajadoras temen perder su empleo si exigen formalización. El cambio cultural necesario para valorar este trabajo como empleo digno es gradual.
Emprendimientos y autoempleo
Muchas mujeres en la informalidad son emprendedoras por necesidad. Ante la falta de empleos, crean sus propias fuentes de ingreso. Negocios de comida, venta de productos por catálogo, servicios de belleza, manufactura artesanal, son algunas de las actividades que emprenden.
Estos emprendimientos enfrentan múltiples limitaciones. El acceso a crédito es restringido. La formalización implica costos y trámites percibidos como excesivos. La competencia con productos industriales o importados dificulta la sostenibilidad. Muchos negocios operan en márgenes de subsistencia. Portales de información sobre oportunidades económicas documentan recursos disponibles para emprendedoras que buscan capacitación y orientación.
Programas de apoyo a emprendedoras han buscado fortalecer estos negocios con capacitación, microcréditos y vinculación a mercados. Los resultados son mixtos: algunos emprendimientos logran crecer y formalizarse, pero la mayoría permanece en la precariedad.
La doble jornada
Las mujeres en la economía informal enfrentan la realidad de la doble jornada: al trabajo remunerado suman las responsabilidades no remuneradas del hogar. Estudios de uso del tiempo revelan que las mujeres dedican significativamente más horas que los hombres a tareas domésticas y de cuidado.
Esta sobrecarga tiene consecuencias en la salud física y mental, en las posibilidades de capacitación y desarrollo personal, y en la calidad de vida general. Sin embargo, este trabajo invisible sigue sin ser reconocido plenamente en las políticas públicas y en la distribución de recursos familiares.
Impactos en la vejez
La informalidad tiene consecuencias que se extienden a lo largo de toda la vida. Las mujeres que trabajan informalmente no acumulan semanas de cotización para pensiones contributivas. Llegan a la vejez sin ingresos propios, dependientes de familiares o de programas asistenciales.
Las pensiones no contributivas, como la pensión para adultos mayores, han paliado parcialmente esta situación. Sin embargo, los montos son insuficientes para garantizar una vejez digna. La pobreza en la tercera edad tiene marcado sesgo de género, reflejando las desigualdades acumuladas a lo largo de la vida laboral.
Hacia el reconocimiento
Avanzar hacia el reconocimiento del trabajo informal de las mujeres requiere transformaciones en múltiples frentes. Políticas de cuidado que redistribuyan estas responsabilidades liberarían tiempo de las mujeres para el trabajo remunerado. Esquemas de seguridad social adaptados a las realidades del trabajo no asalariado brindarían protección.
La valoración social del trabajo de cuidado —remunerado o no— es fundamental. Mientras se perciba como una extensión natural del rol femenino y no como trabajo real, su invisibilidad y desprotección persistirán.
Conclusión
Las mujeres en la economía informal no son un problema marginal sino una realidad central de la estructura económica mexicana. Su trabajo sostiene hogares, comunidades y cadenas productivas. Reconocerlo, protegerlo y valorarlo no es solo un asunto de justicia de género sino de desarrollo económico y social.
El camino hacia la formalización con derechos requiere abandonar visiones simplistas que ignoran las realidades del trabajo femenino y diseñar políticas que respondan a las necesidades específicas de estas trabajadoras.
13 de enero de 2026




