Seguridad alimentaria en las ciudades: hambre invisible
La inseguridad alimentaria urbana adopta formas distintas a la rural, combinando malnutrición, obesidad y falta de acceso a alimentos saludables.

14 de enero de 2026

Cuando se habla de hambre en México, las imágenes que vienen a la mente suelen ser rurales: comunidades indígenas aisladas, sequías en el campo, niños desnutridos en rancherías. Sin embargo, las ciudades albergan formas de inseguridad alimentaria igualmente graves aunque menos visibles, que afectan a millones de mexicanos urbanos.
La paradoja alimentaria urbana
Las ciudades mexicanas presentan una paradoja nutricional. Por un lado, abundan los puntos de venta de comida: restaurantes, fondas, puestos callejeros, tiendas de conveniencia, supermercados. Por otro lado, una proporción significativa de la población urbana enfrenta inseguridad alimentaria, es decir, dificultad para acceder regular y consistentemente a alimentos nutritivos.
Esta inseguridad no necesariamente se manifiesta como desnutrición aguda. Más frecuentemente adopta la forma de dietas de baja calidad: altas en calorías vacías pero deficientes en nutrientes esenciales. El resultado es la coexistencia de sobrepeso, obesidad y deficiencias nutricionales en las mismas personas y comunidades.
Los determinantes del acceso
El acceso a alimentación adecuada en las ciudades depende de múltiples factores. El ingreso es determinante: los alimentos nutritivos suelen ser más caros que los ultraprocesados. Una familia que destina la mayor parte de su ingreso a vivienda, transporte y servicios tiene poco margen para elegir calidad alimentaria.
La geografía alimentaria también importa. Algunas zonas urbanas son "desiertos alimentarios": carecen de tiendas que vendan frutas, verduras y otros alimentos frescos. Sus habitantes tienen acceso principalmente a tiendas de conveniencia y puestos de comida chatarra. Comprar alimentos saludables requiere trasladarse a otras zonas, con costos de tiempo y transporte.
El tiempo disponible es otro factor crítico. Preparar alimentos nutritivos requiere tiempo que muchas familias no tienen. Jornadas laborales extendidas, largos traslados y responsabilidades de cuidado dejan poco espacio para cocinar. La comida rápida, aunque menos nutritiva, es más conveniente.
Infancias en riesgo
Los niños y niñas de familias en inseguridad alimentaria enfrentan consecuencias de largo plazo. La malnutrición en la infancia afecta el desarrollo cognitivo, el desempeño escolar y la salud en la vida adulta. Los hábitos alimentarios formados en la niñez tienden a persistir.
Los programas de desayunos escolares buscan garantizar al menos una comida nutritiva al día para niños en situación de vulnerabilidad. Sin embargo, la cobertura no es universal, la calidad nutricional de los menús varía y los periodos vacacionales dejan a muchos niños sin este apoyo.
La publicidad de alimentos chatarra dirigida a niños es un factor agravante. Los menores están expuestos a mensajes constantes que promueven productos ultraprocesados. Las regulaciones de publicidad y etiquetado han buscado contrarrestar esta influencia, con resultados aún por evaluar.
Mujeres y alimentación familiar
Las mujeres desempeñan un papel central en la alimentación familiar, frecuentemente sacrificando su propia nutrición. Estudios muestran que en situaciones de escasez, las madres tienden a reducir su consumo para priorizar a hijos y esposos. Esta práctica tiene consecuencias en la salud materna, particularmente durante el embarazo y la lactancia.
La carga del trabajo alimentario —planificar, comprar, preparar, servir, limpiar— recae desproporcionadamente en las mujeres. Este trabajo invisibilizado consume tiempo y energía que podría dedicarse a otras actividades. Reconocer y redistribuir esta carga es parte de la agenda de seguridad alimentaria.
Mercados y tianguis: resiliencia alimentaria
Los mercados públicos y tianguis desempeñan un papel crucial en la seguridad alimentaria urbana. Ofrecen productos frescos a precios accesibles, permiten comprar cantidades pequeñas adaptadas a presupuestos limitados y sostienen redes de pequeños productores y comerciantes.
Sin embargo, estos espacios enfrentan presiones. La competencia de supermercados y tiendas de conveniencia, la falta de inversión en infraestructura, los conflictos por uso del espacio público y la informalidad de muchos comerciantes amenazan su sostenibilidad.
Políticas de apoyo a mercados públicos, ordenamiento de tianguis y vinculación con agricultura periurbana pueden fortalecer estos canales de abasto popular.
Obesidad: la otra cara del hambre
México es uno de los países con mayores tasas de obesidad y sobrepeso en el mundo. Esta epidemia no es resultado de abundancia sino de un sistema alimentario que produce calorías baratas pero poco nutritivas.
Los sectores de menores ingresos son particularmente afectados. La obesidad se ha convertido en una enfermedad de la pobreza: quienes menos recursos tienen, consumen las dietas menos saludables. Las consecuencias —diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares— generan gastos en salud que profundizan la pobreza.
Respuestas políticas
Las políticas de seguridad alimentaria urbana son fragmentarias. Programas de transferencias monetarias mejoran la capacidad de compra de familias pobres, pero no garantizan que el dinero se destine a alimentos nutritivos. Programas de abasto social, como las tiendas Diconsa, tienen presencia principalmente en zonas rurales.
Los impuestos a bebidas azucaradas y el etiquetado frontal de advertencia buscan desincentivar el consumo de productos no saludables. Sus efectos son graduales y enfrentan resistencias de la industria alimentaria.
Iniciativas locales de agricultura urbana, huertos comunitarios y mercados de productores ofrecen alternativas a pequeña escala. Escalarlas requeriría políticas públicas más ambiciosas y coordinadas.
Hacia sistemas alimentarios urbanos sostenibles
Transformar los sistemas alimentarios urbanos requiere actuar en múltiples frentes: producción periurbana, canales de distribución, puntos de venta, regulación de la industria, educación alimentaria, apoyo a familias vulnerables.
Una visión integral reconocería que la alimentación es un derecho, no solo una mercancía. Garantizar que todos los habitantes de las ciudades tengan acceso a alimentos nutritivos, culturalmente apropiados y producidos de manera sostenible es un desafío complejo pero ineludible para sociedades que aspiran a la justicia.
14 de enero de 2026



